“Sólo para locos” reza el letrero manchado, y dentro del lugar las personas tienen el aspecto de un anónimo, de un desapercibido, tal vez de quien sería perfecto para ser el desempleado del mes; ellos son los locos, es ser normal con las letras inversas. El lugar sólo abre cuando es hora de dormir, cuando es mucho el sueño. El viejo techo fue cambiado por uno transparente, y en vez de botana en el centro de las mesas hay lápices, y en lugar de servilletas hojas de papel, con renglones y sin ellos, depende de la mesa.
Puedes pedir vasos tequileros para llenarlos de lágrimas, vienen con limón; puedes pedir espejos manchados y oscuros. El aire acondicionado funciona cuando se quiere tener una nube encima, y cuando es mucho el frío se colocan figuritas de hielo para que las puedas derretir tristemente con las velas.
Existen focos, pero no dan luz, dan zumbidos, murmullos.
Si lo deseas, por unas monedas te dan pastillas para que se te acabe el aire, para que lo pierdas poco a poco, pero pronto se acaba el efecto, y hay que pedir más, y si llegaste temprano el vaho que dejas es de color azul verde.
Debes venir acompañado de la soledad, y en la mesa ser cortés y jalarle la silla para que se siente, uno no debe pedir primero.
No puedes entrar si vienes contando borregos blancos o anaranjados, son irreductibles para esto, ah, y eso sí, tienes que llegar sin invitación.
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